El hombre que fue canapé

El hombre que fue canapé

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  • Book | 64 pages
  • 120 x 170mm | 69g
  • Spain
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  • 8489371741
  • 9788489371743

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EL HOMBRE QUE FUE CANAPÉ CAPÍTULO I:LA IMPOTENCIA DEL PROCURADOR Y LA TRANSFORMACIÓN MARAVILLOSA DEL CANAPÉUn procurador que había pasado los mejores años de su vida dedicado a arruinar a des d ichados litigantes, resolvió consagrar al himeneo los pocos años que le quedaban de vida, para que ésta tuviera un digno remate. Para realizar su fin, puso sus ojos en la viuda de uno de sus cofrades; viuda joven y deliciosa, de bello rostro y formas incitantes, capaz de despertar el deseo hasta a los más insensibles. Sus encantos impresionaron vivamente al procurador, quien para ahorrarse la pena de suspirar inútilmente, se apresuró a ofrecerle su apergaminada mano, y en ella los cincuenta mil escudos producto de sus ahorros. La viuda, contando, como es de razón, con enterrar en seguida a su nuevo marido junto al primero, no vaciló en aceptar su propuesta de matrimonio.Se celebró la boda. No dejaron nada que desear la ceremonia ni el banquete. Y en tanto los parientes y amigos de los reci é n casados charlaban ruidosamente, con la cordialidad de personas que apenas se conocen, ellos se eclipsaron, yendo a refugiarse en el gabinete de toiltte de la viuda.Una vez cerrada cuidadosamente la puerta, el procurador conduce a su flamante esposa hacia un canapé, en el que ella se sienta, dispuesta a cumplir con sus ya conocidos deberes conyugales.-¡Dios mío! - exclama al sentarse. ¡Qué calor hace hoy! Es asfixiante...-y, al decir esto, se aligera de ropas, echándose indolentemente en el canapé.De esta manera se destacan sus atractivos a los ojos del procurador. La sugestiva viuda tiene un descote suculento, insinuación de un pecho robusto y macizo. Sus brazos, admirablemente torneados, hacen soñar con la delicia de su abrazo, y sus piernas entreabiertas marcan el más delicioso de los caminos...Aquella visión adorable acaba de emborrachar al procurador, que siente un impulso irresistible de besar su boca fresca, de aprisionar en sus manos sus senos prominentes, de tomar inmediata posesión de aquella pequeña y escondida gruta, cuya adquisición debe a sus buenos dineros y cuya entrada acaba de autorizarle el cura.Su cerebro se enciende en una llama de lujuria. Su boca ardiente y seca busca la boca de la que ya es su mujer; sus manos, temblorosas de avaricia sexual, sacan los senos fuera del corpiño, le levantan la falda... Y se estrecha contra ella, no sin antes haberse preparado para que se realice el acoplamiento sin obstáculos. Sin embargo, la llama que inflama su cerebro no consigue inflamar debidamente su carne, y el procurador realiza inútiles esfuerzos... A penas logra un rozamiento que ex c ita a la viuda, sin satisfacerla.El procurador se desespera; y, después de haber sudado copiosamente, después de haber rendido unos mezquinos tributos a la puerta de la gruta de Venus, y cansado de hacer crujir el canapé durante una hora, inútilmente, renuncia a continuar sus frustrados intentos.Triste y abatido el procurador, y ex c itada y sofocada su mujer, arreglaban el desorden de sus personas para volver a reunirse con sus invitados, cuando se oyó un grito de júbilo, al mismo tiempo que el canapé cambiaba de forma, metamorfoseándose en un hombre joven y guapo.
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